Noa, trapecista de la voz Música.
La cantante israelí, acompañada por un cuarteto de cuerda,
desplegó anoche en el Albéniz su exuberante repertorio de tonos
y movimientos para emocionar al público JESUS MIGUEL MARCOS
Ha cantado en el Carnegie Hall neoyorquino, en el Olympia
parisino, el Barbican londinense, el Palau de la Música barcelonés...
Los grandes auditorios le han abierto las puertas a la israelí
Noa. Y ayer, el turno fue para este Teatro Albéniz en trance de
vida o de muerte. Allí Noa ofreció un recital donde brilló, por
encima de todo, su voz galáctica y una ejecución musical casi
perfecta por parte de su grupo de acompañamiento. Noa es la
artista israelí de mayor reconocimiento internacional. Fruto de
ese éxito han sido sus cuatro actuaciones en el Vaticano ante el
papa Juan Pablo II: en 1994 cantó el Ave María, en 2000 compartió
escenario con Lou Reed y Alanis Morissette ante más de medio millón
de estudiantes y en dos ocasiones más participó en el
tradicional concierto de Navidad. Su presentación en el Albéniz
se enmarcó en el ciclo Madrid Encanto, que viene celebrándose en
las últimas semanas y que ha contado con la participación de
artistas como Rosario, Chavela Vargas, Susana Rinaldi o Eleftheria
Arvanitaki. En esta ocasión, a sus dos instrumentistas habituales
-Gil Dor (guitarra y voz) y Zohar Fresco (percusiones)- se sumó
el Solis String Quartet, un célebre cuarteto de cuerdas
napolitano. Se mezclaron así diferentes sonidos mediterráneos,
teniendo en cuenta que a lo italiano y a lo israelí hay que sumar
las esencias musicales de Yemen, país donde tiene sus raíces la
cantante. Venía Noa desde Navarra, donde actúo dos noches
consecutivas en la localidad de Javier. Lejos quedan estas
exitosas galas por Europa de sus inicios, cuando a los 17 años
cantaba para los soldados del ejército israelí, donde cumplió
dos años de prestación obligatoria. La artista se hizo esperar.
Abrieron el concierto sus músicos con dos temas instrumentales,
uno de ellos del guitarrista Pat Metheny, descubridor de Noa al público
internacional. Ya sobre el escenario, luciendo un delicado vestido
negro, Noa presentó el primer tema, titulado Homemada religion:
«La nuestra es la religión de la vida: la de la amabilidad, el
amor, el cuidado...», dijo en inglés, tras confesar que «mi
español cada vez va peor». Su voz, en cambio, cada vez sonaba
mejor. Un portento de garganta, un auténtico chorro de sonido
almidonado el que surge del menudo cuerpo de la israelí. Su
expresividad en escena no se reduce a la voz, sino que todo su
cuerpo comunica sensaciones por medio del baile, de los
movimientos de brazos o el meneo de caderas. O en los gestos, como
esa sonrisa de niña pequeña que acaba de hacer una travesura con
la que dijo «gracias» en Eyes in the sky. La música de Noa no sólo
bebe de la tradición mediterránea. Sus canciones también
muestran el reflejo de cantantes anglosajones de la talla de Joni
Mitchell, Leonard Cohen o Paul Simon. De ahí su gusto por las
colaboraciones con artistas como Santana, Stevie Wonder, Sheryl
Crow o el mismo Donovan, auténtico mito de la canción folk británica
en los años 60. Su repertorio, por tanto, tiene mucho de música
pop. Muchas de las canciones que interpretó anoche encajarían
como un guante en la voz de, por ejemplo, Celine Dion. Sin ir más
lejos, dos temas nuevos, baladas que cuando se publiquen treparán
como ardillas hambrientas a la copa de las listas de éxitos. Noa
lleva cinco años sin grabar disco -«en cambio, he estado
haciendo dos niños», se disculpó entre las risas del público-,
por lo que estas canciones cayeron como un maná sobre los oídos
de sus seguidores; o sobre sus corazones: «Las canciones tardan
tanto en salir porque vienen del corazón», dijo la cantante, que
se atrevió a mitad de concierto con un potente solo de timbales.
Tanta perfección técnica y tanta calidez sonora quizá peca, si
de algo peca, de excesiva amabilidad y complacencia. Se echó de
menos un poco más de drama, porque sus luminosas canciones
brillarían más si se presentaran ante el público atravesando la
oscuridad. Ella, un torbellino en escena, terminó presentando a
los técnicos de luces y sonido cantando. Y para finalizar la
fiesta, baile verbenero con una versión del grupo Police. Un
tanto incomprensible, pero... popular. El ciclo Madrid Encanto
finaliza esta semana con las actuaciones del belga Wim Mertens
(jueves 15) y del argentino Alberto Cortez (sábado 17), también
en el Teatro Albéniz.
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