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(...) Una
voz dulce e imaginativa Al margen de este capítulo tan, por desgracia, poco habitual -que las cuestiones artísticas se impongan a las religiosas-, el expediente de la solista incluye otros epígrafes cercanos a la rareza. O a la genialidad, según se mire. A saber: sus orígenes están en Yemen, algo que ha usufructuado en alguna ocasión, léase la canción Dala Dala. Sus fuentes de inspiración, en cambio, se encuentran en Occidente. Leonard Cohen, Paul Simon o James Taylor aparecen como voces amigas. Más. Recién llegada de Nueva York, con 18 abriles ya cumplidos, se incorporó al servicio militar obligatorio. Cuatro años anduvo actuando con la banda del ejército antes de descubrir que su verdadera vocación era el pentagrama. ¿De qué sirve todo esto cuando se encienden las luces sobre la tarima del Conde Duque? A lo peor no existe otra manera de explicar que la sensualidad de Noa bebe del cosmopolitismo que ha respirado durante sus 33 años de existencia. Ni tampoco que sus esfuerzos por convertir la música en paloma arranca de un conocimiento sobre el terreno de lo que se cuece en las trincheras de Oriente Medio. Lo llaman músicas del mundo, sí. Pero no es más que una pizca de mestizaje y compromiso. Esos fueron los ingredientes de su disco homónimo (1994), y de dos más en 1996 y 2000 (Calling y Blue touches blue). También aparecen en la receta de Now, la colección de canciones que sacará del horno a finales de año. Así se presentó el concierto, disfrazado de avanzadilla y con la excitación que provoca una travesía por ritmos cargados de buenas vibraciones. Algo que confirma la propia Noa: «Es un viaje que me ha transportado desde donde solía estar -donde quiera que sea, aquel lugar está desvaneciéndose rápidamente- hasta donde estoy ahora (Now): una pequeña isla de esperanza en un extenso mar de incertidumbre». Como compañeros de excursión, la cantante se trajo a Hagan Ben-Ari, Adi Rennert, Jean Paul Zimbris, Zohar Fresco y, cómo no, Gil Dor. El compañero, colaborador -desde los tiempos en que Noa frecuentaba el Rimon School- y alma mater de los tres trabajos que ha despachado hasta la fecha, acometió desde la guitarra los momentos cómplices de la noche. Desde el primer momento se comprobó que la intérprete nacida en Tel Aviv hace poco más de tres décadas traía en la maleta un repertorio radiante. Y el público lo agradeció dejándose las palmas en cada contorneo, en cada susurro marca de la casa. Y es que la capacidad evocadora de Noa -recuerden fue la primera artista israelí en actuar en Marruecos y no vaciló en colocarse delante de un micrófono ante el Papa y 100.000 personas más en el Vaticano- roza lo hipnótico. Lo demostró en Now Forget o en ese momento semiacústico que fue Eye in the sky. En su afán porque el público sacara billete hacia un destino sugerido, Noa y sus chicos incluso rescataron acordes fabricados en los 70. ¡Qué manera de hacer sonar un bajo! en By the light of the moon. No se quedó atrás el solo que se marcó el mencionado Dor. De las cuerdas extrajo poco menos que jondura. El público, manos en la barbilla, sólo cambió de posición cuando a Fresco le dio por impartir una clase magistral de percusión. Después volvió a salir ella, toda armonía, vestida de blanco como alguna princesa oriental. Hasta el viento se detuvo para disfrutar su magia.
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